Pongo en marcha un nuevo propósito. Cuidar, mucho más (y de forma diaria), cuerpo y mente.
Mi forma física actual es lamentable. Con un café bebido, mal corro 5 kilómetros. Ya llegarán ritmos y menos sufrimientos. De vuelta a casa, leo un breve pasaje antes de salir corriendo al trabajo. Del Nuevo Testamento. Intentando trabajar más mi Fé. En mayúsculas, con respeto.
Y la palabra que me llama la atención es Comunidad. Entendida como un grupo de personas que comparten algo esencial. En este caso, creencia, Fé, espiritualidad. Podría extrapolarse al grupo de individuos que tienen los mismos valores, objetivos o formas de vida. Y esa pertenencia a la comunidad establece vínculos estables, pertenencia y modelo de relación. Leo que existen comunidades profesionales en mi trabajo. Comunidades de expertos. Comunidades sectoriales vinculadas a Clientes. Comunidades de ayuda. Comunidades en las que se comparten aficciones... Quiero profundizar sobre ello.
Busco en Internet las acepciones sociológicas. Y me llama la atención el intento de diferenciar entre comunidad y sociedad. Los expertos dicen que la comunidad se basa en vínculos personales, afectivos y éticos. Y no se basa en un contrato sino en un modelo de relación y solidaridad.
En esa búsqueda de información, llego a entender que vivir en comunidad no es compartir un espacio físico sino compartir la vida, sentir que dependemos de los demás, que participamos en el bien común y que el respeto, la solidaridad y la corresponsabilidad guían la convivencia. Alejado del mal utilizado vivir en una comunidad de vecinos, donde priman los intereses individuales, alejados de los comunes... En resumen, vivir en comunidad no es vivir de forma individual sino vivir con y para otros, sin perder nuestra identidad.
Acabo por entender el sentido de las primeras comunidades cristianas, no solo como grupo religioso sino como forma de vida, abiertas a crecer y a acoger a nuevos miembros. Una forma de trabajar la Fé.
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